
He aquí que llega la dulce noche para el lúbrico anciano.
Mi gato Mürr, agachado como una esfinge heráldica,contempla inquieto con sus fantásticas pupilas
ascender por el horizonte la clorótica luna.
Es la hora en que el niño reza, en que París-Lupanar
arroja sobre las aceras de todos los bulevares
a las muchachas de senos fríos que bajo el gas descolorido
vagan olfateando con la mirada un macho al azar.
Yo, cerca de mi gato Mürr, pienso ante mi ventana.
Pienso en los niños que en todas partes acaban de nacer,
pienso en todos los muertos enterrados en este día.
Y me imagino que estoy al fondo de un cementerio
y me pongo en el lugar, entrando en su féretro,
de aquellos que van a pasar allí su primera noche.
Jules Laforgue
