domingo, 24 de agosto de 2008

Plastic Jesus




I don't care if it rains or freezes

Long as I've got my Plastic Jesus

Sittin' in the dashboard of my car.

You can get him pink and pleasant,

Glows in the dark, He's phosphorescent,

Take him with you when you're travelling far.




You can have a sweet Madonna

Dressed in rhinestones,
sitting on a Pedestal of a balone shell.

Doin' ninety, I'm not scary
Long as I've got the Virgin Mary

Guaranteeing I won't go to hell.






Esta es la versión de Eddie Mars de la canción Plastic Jesus para la película Cool Hand Luke (La leyenda del Indomable en España) de 1967, originalmente escrita por Ed Rush y George Cromarty. En la primera imagen, Newman la canta tras conocer la noticia de la muerte de su madre en la película. La pequeña muestra de la larga letra que tiene la canción adquiere sentido pleno en el contexto en que Luke, exconvicto en Vietnam con varias condecoraciones militares, la canta durante el filme tras recibir la noticia de la muerte de su madre recluido en el escenario donde se desarrolla casi toda la película, en un penal sureño que es a la vez un campo de trabajo donde la condición humana de los presos se ve sensiblemente rebajada ante el prepotente trato de los guardianes (a quienes siempre han de referirse los presos colocando la coletilla final vocativa de¨boss", excepto al jefe del penal, a quien se le ha de decir "capitán"). El efecto de la interpretación sumamente triste por parte del abatido Newman de tan en el fondo paródica canción supone un efecto de choque devastador para el espectador, testigo del drama grotesco del protagonista relatado en el estilo cómico-trágico impuesto por Rosenberg a lo largo de la película. Luke es condenado a dos años como recluso a trabajos forzados por arrancar parkímetros en una pequeña ciudad donde según el propio Luke no hay nada que hacer. El conflicto derivado de la perdida de su libertad y el abuso con el que los ejecutores de la ley convertidos en verdugos autoritarios controlan e intimidan a la comunidad de presidiarios son el leitmotiv de esta historia fatalmente predeciblé-también según el estricto código de Hollywood-, llena de pesimismo y amargura pero contada con una sonrisa escéptica reconocible en Cool Hand Luke, libertario irredento y eterno adolescente.


Y volviendo a la versión original de la canción, e ir al mismo tiempo cerrando la entrada, en ella hay momentos tan delirantes, que merece la pena dejar consignadas un par de estrofas a modo de muestrario curioso:

When I'm in a traffic jam

He don't care if I say Damn

I can let all sorts of curses roll

Plastic Jesus doesn't hear

For he has a plastic ear

The man who invented plastic saved my soul.

Y la aún más brutal:

When I'm goin' fornicatin

I got my ceramic Satan

Sinnin' on the dashboard of my Winnebago Motor Home

The women know I'm on the level

Thanks to the wild-eyed stoneware devil

Ridin' on the dashboard of my Winnebago Motor Home

Sneerin' from the dashboard of my Winnebago Motor Home

Leering from the dashboard of my van.

viernes, 22 de agosto de 2008

In his own sweet way


Ian Carr, en su excelente biografia sobre Miles, felizmente editada en su traducción española de bolsillo el año pasado (Miles Davis. La biografía definitiva, RBA) recupera unas palabras del trompetista aparecidas en la revista Ebony en enero de 1961, tal vez extraídas de una entrevista, sobre cómo se desenganchó de la heroina, tras haberse sistemáticamente negado a ingresar en instituciones al uso para desintoxicarse:

«Estaba resuelto a desengancharme de la droga. Estaba harto de ella. Sabes, uno puede hartarse de cualquier cosa. Incluso puedes cansarte de estar asustado. Me acosté y miré el techo durante doce días y maldije a todos los que no me caían bien. Lo hice de la manera más difícil. Era como tener una gripe fuerte, sólo que peor. Nadaba en sudor frío. Me moqueaba la nariz y los ojos se me llenaban de lágrimas. Vomitaba todo lo que trataba de comer. Se me abrieron los poros y olía a sopa de pollo. Hasta que un día se acabó.»

Incluso para desengancharse, Miles siguió su propio procedimiento, al margen de todo gregarismo. La síntesis y lo directo de la confesión transmiten una impresión contundente, que en otro plano nos conducen a El almuerzo desnudo de Burroughs, libro errático cuya lectura pone al lector en ese mismo punto de vista que tan certeramente resume Davis, ya con las palabras de este lado, el que habitamos los no demonizados por la heroína, dos años después de la publicación del libro de culto beatnik y ocho después de desengancharse solo y a las bravas, literalmente autoexorcisándose.


Imagen amablemente cedida por Rastapitan.