viernes, 22 de agosto de 2008

In his own sweet way


Ian Carr, en su excelente biografia sobre Miles, felizmente editada en su traducción española de bolsillo el año pasado (Miles Davis. La biografía definitiva, RBA) recupera unas palabras del trompetista aparecidas en la revista Ebony en enero de 1961, tal vez extraídas de una entrevista, sobre cómo se desenganchó de la heroina, tras haberse sistemáticamente negado a ingresar en instituciones al uso para desintoxicarse:

«Estaba resuelto a desengancharme de la droga. Estaba harto de ella. Sabes, uno puede hartarse de cualquier cosa. Incluso puedes cansarte de estar asustado. Me acosté y miré el techo durante doce días y maldije a todos los que no me caían bien. Lo hice de la manera más difícil. Era como tener una gripe fuerte, sólo que peor. Nadaba en sudor frío. Me moqueaba la nariz y los ojos se me llenaban de lágrimas. Vomitaba todo lo que trataba de comer. Se me abrieron los poros y olía a sopa de pollo. Hasta que un día se acabó.»

Incluso para desengancharse, Miles siguió su propio procedimiento, al margen de todo gregarismo. La síntesis y lo directo de la confesión transmiten una impresión contundente, que en otro plano nos conducen a El almuerzo desnudo de Burroughs, libro errático cuya lectura pone al lector en ese mismo punto de vista que tan certeramente resume Davis, ya con las palabras de este lado, el que habitamos los no demonizados por la heroína, dos años después de la publicación del libro de culto beatnik y ocho después de desengancharse solo y a las bravas, literalmente autoexorcisándose.


Imagen amablemente cedida por Rastapitan.